lunes, agosto 21, 2006

Renegando que es gerundio

Es sábado por la noche y me voy a tomar unas cocacolas lights. Ha llegado al grupo un chico, lo conozco de algo sólo que ahora está muy cambiado, con camiseta a rayas, peinado a lo etarra con pequeñas rastas por detrás y piercing radikal con ka. Me lo presentan y por su nombre acabo de caer en la cuenta de dónde lo conozco.

- Hola, ¿qué tal?

- Hola, creo que nos conocemos, jugabas a tenis conmigo cuando teníamos trece años o así.

- ¿Al tenis? – mira hacia los lados- Mnnn, no, creo que no, eh.

- Sí, sí, seguro

- Igual al frontón en Mareo.

- No, no, al tenis en el Club de Tenis.

- Creo que te estás equivocando.

- Bueno…

Me dedica unas miradas huidizas. Pero qué cojones le pasa a este tío, ni siquiera he empezado con las cocacolas así que estoy perfectamente sobria y, por lo tanto, completamente segura de lo que digo. Conseguir que el puto hippie no reniegue de su pasado como percha para polos de Lacoste se convierte así en mi particular cruzada para esta noche.

2.20 a.m. Me acerco a él de nuevo. “Holaaa…”

- Tus boleas eran las mejores del Club.

- No.


Hay más cosas en la vida que llevar un traje kuko y a la moda. No reniegues de tu pasado.

3.00 a.m. Parece que al tipo no le gusta mucho folclorizar con la gente, se encuentra algo retraído y ni siquiera pasa petas. Pienso que le debe estar martilleando la conciencia por ser tan mentiroso, así que vuelvo a la carga y le doy una segunda oportunidad.

- Hola

(suspira mirando hacia arriba)

- Oye, hay cosas peores que haber jugado al tenis. Hay personas que han matado a otras y cosas así, no tienes por qué renegar de eso, hombre.

- ¡Que no! Yo no he jugado al tenis ¡NUNCA!

Me está dejando como una energúmena y yo sólo quiero respirar algo de verdad en este mar de hipocresía que es la vida, amigos. Le doy un largo trago a la Mirinda y me río un rato con Quique, que está ofreciendo un cubata de meaos con hielo a las mozas. En la hilaridad y ajetreo del momento, derrama parte del contenido sobre su camisa y mis manos. Nos tambaleamos hacia el baño para arreglar este desastre entre risas.

3.30 a.m. Ahora sí que sí, ahora sí que puedes decir que las Fantas se me han subido a la cabeza. Me contoneo lo más femeninamente que puedo con el refresco en la mano, calzo una sonrisa encantadora y casi susurrando en su oído comienzo otra vez…

- Qué bien nos lo pasábamos con el entrenador

- No.

- Qué bromas más cachondas le hacíamos

- No.

- Recuerdo aquella vez que…

- No.

Comprobado una vez más que la gente siempre puede superarse hasta alcanzar cotas de deficiencia mental y para no dejaros con mal sabor de boca, os reproduzco una sentencia salida de la boca de mi abuela que deja patente que aún existe la inocencia en un mundo cada vez más hostil:

“Los chicos de ahora son muy sanos, se levantan temprano, que los veo yo paseando por la playa con botellines de agua mineral y todo”.

¡Bien! Un saludo, amigos.

martes, agosto 15, 2006

Tunea a Mafalda...

Y cágate en la boca de todos los argentinos de una vez por todas

Desde aquí quiero también saludar al asiduo visitante de Texas enmascarado con una simpática postal, por vivir en un país tan genial:



Y a aquél que busca en San Google "papuchi simpatía eterna" y viene a parar aquí, ofrecerle mi amistad para siempre, por favor, yo le amo a usted.


Espero que todos, eric trolls incluidos, estén pasando un grato verano en compañía de sus familias y amigos. Aquí están en kaleitroscopic home mis padres cortando el summer pavo, espero que acepten este brindis, amiguitos.

NOTE FOR ALL CANADIAN AND AMERICAN FOLKS
HEY, I THINK YOU REACHED MY BLOG LOOKING FOR THIS PIC:


Yeah, he´s a nazi nigger :)

domingo, agosto 06, 2006

Vivir no es Beverly Hills

Según mi calculadora de Windows, faltan 187 horas, 11.220 minutos, 673.200 segundos para que me baje del avión en el aeropuerto más pequeño del mundo cuya máquina de refrescos sería la única amiguita que se echaría el jodido Tom Hanks si estuviera atrapado en ésta, su única Terminal.

Entonces, mi madre me dará un abrazo, me dirá “Qué delgada estás”, cosa que repetirá siempre aunque pese 80 kilos, seguirá con el “¿Comes fruta?” habitual, agachará la cabeza para comprobar si llevo tacones aunque no sea de “ese tipo de chicas freshcas” y como si fuera un vulgar Godzilla que acabara de encallar en su puerto de Liliput mirará hacia arriba atribuyéndome una altura de proporciones gigantescas.

- ¿Qué tal en lo de la guerra, hijo?
- La vamos haciendo, madre.
- Pero dime, ¿comes fruta?
- Joder...

Mi padre, hasta ahora en un segundo plano, se ruborizará, ya que es el momento de hablar con una persona y no está acostumbrado (el muy Unabomber) mirará a su pequeña Frankenstein, pues soy su “criatura”, su perra de Paulov que ha moldeado a través de una infancia que haría las delicias de Herr Freud y, mientras esboza una tímida sonrisa, como si hablara para el jurado de la tesis de su quinta carrera, bien grave, bien claro, bien educado, saldrá de sus labios un “Hola. Buenas noches”.

Me llevarán a cenar al Palacio-Parador de tropecientos tenedores, y lo digo por redondear. Nos tomaremos una copa en el jardín del restaurante, que tiene sólo dos mesas para que te sientas el Lord del castillo por unos instantes. Aparecerá el camarero vestido de gala y, aunque parezca que te vaya a preguntar con perfecto acento de Cornualles “Would you like a tea?”, se expresa en castellano castizo y se mueve con la bandeja de plata por el jardín como si fuese una extensión de su brazo, haciéndote ver que es servil pero digno.

Ya adentro, cuando traen el platazo lleno de marisco y de unos bichos cuya cara crustácea ni siquiera recordaba, que me dan ganas de echarme a llorar de pura nostalgia, amigos, es cuando mi madre preguntará retóricamente “¿A que esto no lo comes en Barcelona, eh, eh, eh?” .Los “eh´s” parecen perderse por el valle, resonando en mis oídos hasta el infinito y sólo consigo acordarme de las gambas del arroz tres delicias congelado carrefour stylo; con la cabeza muy alta discrepo “No te creas, no te creas que a mí también me gusta comer bien”.

Le doy unos míseros traguitos al reserva porque a la vuelta me toca conducir a mí. Durante los postres, la pregunta de turno saldrá de la boca de mi padre “¿Cuáles son tus planes de futuro?”, en esos momentos, calcularé la vidriosidad de su mirada, es decir, si lleva la taja suficiente como para poder decirle “Carpe Diem, papi, Carpe Diem son mis planazos” y poder echarnos unas risas todos juntos. Seguramente no será el momento adecuado… la cosa empieza a torcerse pero yo tengo varios ases en la manga para desviar la conversación y continuar con el tono distendido y amistoso de esta primera toma de contacto:

a) El hórreo que han encargado construir: Aquí entramos en materia arquitectónica densa y vasta, proporciones, tradiciones añejas, mitolología y cuélebres varios.

b) La noche que se conocieron o popurrí de anécdotas de los setenta: “Yo me enamoré de tu madre por su elocuencia. Estábamos unos amigos en una cabaña pasando el fin de semana y nos habíamos metido anfetaminas a reventar menos tu madre que se había bebido dos cafés, eso sí, negros como el carbón y créeme que era la que más hablaba del grupo. Qué noche más bonita aquélla. (ja.ja).”

c) Carod Rovira: El escozor nacionalista en vena haciendo mella en dos excomunistas reformados. *Nota mental: Utilizar sólo en caso de urgencia, si han fallado las anteriores alternativas. Existe peligro de alteración de jugos gástricos y cortes de digestión en cadena.

Si todo sale según lo previsto, me acostaré a eso de la una de la mañana mientras le susurro a la almohada “Ay, amiguita, ¿no es genial estar en casa de nuevo?” y me hundiré en un profundo sueño mientras cuento con los dedos a cuántos días estoy del siguiente vuelo.

¡Mentira!

lunes, julio 03, 2006

Qué verde era mi porro

(o historietas de la Abuela Cebolleta)

Ana y yo nos conocimos en Roma. Ella estaba trabajando en el Youth Hostel donde pasaba las noches, nos caímos bien y yo la invité a venirse a Londres. Nos escribimos durante un tiempo y, por unas semanas, no supe nada de ella hasta que me llamó desde una cabina en el aeropuerto.

– Eh, nena, que he decidido venir, estaba hasta el coño del hijoputa de mi jefe y de los babosos italianos –

A mí sólo me quedaban un par de semanas en Londres, así que me pareció perfecto quemar los últimos cartuchos de la mano de una española perturbada. Nada más dejar las maletas en casa, cogimos el metro hacia Camden Town. – Vamos a un sitio que conozco, ya verás qué buena mierda venden.

- ¿Qué quieres? ¿Pillar setas?

- Joder, esas setas que venden en la calle son una puta basura.- Me miró como si fuese gilipollas.

Salimos de la estación y cogiéndome de la mano dijo “Verás… tendrás que ir sola porque yo les debo 200 libras a esos judíos.”.

- Pues escóndete, no quiero que me corten los dos meñiques, mecagonlaputa.

En la tienda que me señaló, vendían chaquetas de cuero aún en junio. Como me había descrito, la llevaban dos israelitas, uno de gafas, alto y delgado, y otro viejo y gordo con la cara tostada. Estuve mirando un rato las chaquetas rollo Matrix hasta que se me acercó el más joven a preguntarme si estaba buscando algo. Le dije que un amigo me había comentado que allí también vendían otras cosas. En un principio, me contestó que no sabía de qué estaba hablando y se puso a ordenar las chaquetas más hacia el fondo. Le seguí y entonces fue cuando añadió: ¿Pero qué quieres? ¿Coca, éxtasis, pastillas, hierba?

Le hizo una seña al gordo y éste me llevó con él abajo, donde tenían ropa íntima y algunos artículos eróticos. Detrás del mostrador, una italiana estaba empeñada en que me llevara una bolsa con pastillas- Son buenas, muy buenas en serio, buenísimas-

- No, no, si yo sólo he venido a por hierba- dije con las manos en los bolsillos.

Al gordo se le iluminó la cara y volvió riéndose con una bolsa de skunk. Mira, huele, mira qué bien huele. Ahhh, a esto le doy mucho antes de irme a la cama.

Joder con el gordo. La verdad es que aquello olía a gloria y me llevé dos bolsas.

Apenas darle unas caladas, las dos entramos en estado “Beavis&Butthead”. Jajajajaja. Jijijiji, mola. Pero en la misma proporción que te elevaba, te daba un hambre loca, como nunca había sentido en toda mi vida. Esa noche hicimos una fiesta en casa y acabamos comiendo galletas digestivas de chocolate con queso cabrales, una bola de dos kilos que mi madre me había mandado por correo y que, hasta el momento, no había sabido qué hacer con ella, todo esto ante la mirada atónita de los allí congregados que no hacían más que repetir “quién es el cabrón que se ha quitado los zapatos”.

A mí también gustal sigalito de la lisa, amiguitas.

Al día siguiente, Ana me dijo que íbamos a ir a ver a Jimmy a Putney Bridge. ¿Pero quién coño es Jimmy?

- Pensaba que lo sabías, es un colega de Simon. Dice que pasa buena coca.

Simon era el novio de la mejor amiga de una de las brasileñas treintañeras de la casa. La noche anterior, Ana le había tirado la caña delante de la cara de su chica. Os puedo asegurar que el sector brasileño no la tenía en mucha estima.

Así que cogimos un autobús a Putney, y no iba a ser el último, para ver al camello que resultó ser un neozelandés completamente jodido del coco. Había cambiado su apacible vida en Auckland por un mundo lleno de paranoias, como se podía observar en el ritual de trapicheo, con sus ojos fuera de las órbitas, mirando hacia todos lados en espera de que la Scotland Yard apareciese por ahí de un momento a otro. Pasaba el sobre, que la tercera vez ya tenía escrito en uno de los lados “Spanish girls”, envuelto en un callejero de Londres por debajo de la mesa del bar. A mí me parecía que todo eso era de lo más llamativo pero en fin, el bueno de Jimmy ya no sabía lo que se hacía.

Tantos viajes a Candem y Putney, con sus posteriores salidas a cual más extraña, me estaban minando la moral y sólo me consolaba el billete de avión que despegaría pocos días más tarde para alejarme de ese camino hacia la cuneta, de esa University of Life a la que había acudido Ana ya desde sus años mozos. Ana, que además tenía una habilidad especial para encontrarse billetes de 50 libras atrapados entre los arbustos de los jardines de las casas bien de Clapham, no paraba de empujarme hacia los recónditos sitios de Londres en una espiral de decadencia.

Pero nos lo pasábamos de puta madre.

Era una persona bastante impredecible. Cierto día que volvía de clase, me la encontré abrazada a nuestra negra de la Martinica, Valerié. Las dos estaban llorando sentadas en la escalera.

Valerié, una persona de 1,80 m. de altura, azafata del tren EuroStar, de cuya boca sólo salían “Shut the fuck up”´s que gritaba desde su habitación cuando hacíamos el menor ruido en la sala; que se pasó toda una semana rezongando la mierda de actor que era Hugh Grant porque le había gritado en el vagón VIP del tren París-Londres cuando le sirvió una copa de champán que no era lo suficientemente burbujeante para su paladar. En definitiva, una tía a la que apenas me atrevía a decir hola por miedo a que se liara a hostias conmigo, estaba ahora llorando como una jodida magdalena porque Ana le había regalado una postal con un bebé impreso que decía una frase ingeniosa del tipo “no estés triste, la vida es súper guay” y ahí estaba, derritiéndose de pura emoción.

Recuerdo que pasaron muchas cosas durante esas dos semanas, generalmente patéticas y risibles. Después, Ana se desvaneció, ella decía que sería mejor no tratar de encontrarla porque era “Como un pájaro libre”.

Pues vuela, amiguita, vuela alto…